lunes, 17 de marzo de 2014

Los malos viajes pueden ser los mejores viajes.

Traducción al castellano de un artículo de Walter H. Clark, originalmente apareció en la revista estadounidense  FATE, en 1976.

Los malos viajes pueden ser los mejores viajes.

Una mezcla única del análisis Freudiano y el chamanismo mexicano podría ser  un adelanto muy importante para la psicoterapia.

Casi un siglo ha pasado desde que Sigmund Freud revolucionó nuestro entendimiento de la enfermedad mental y su tratamiento. Muchos pensadores importantes –como Carl Jung- fueron considerablemente más lejos que Freud en penetrar en las profundidades de la psique humana. Pero ninguna de las innumerables técnicas en psicoterapia realizadas durante décadas de investigación ha tenido completamente éxito en satisfacer sus promesas teóricas en términos de resultados prácticos.  La psicoterapia para la mayoría de la gente permanece como una práctica dudosa, arriesgada y cara.
Un médico mexicano ha desarrollado una técnica que se aproxima al cumplimiento de su promesa  más que cualquiera otra con las que estoy familiarizado. Combina varias formas de terapia Occidental con la sabiduría de los chamanes mexicanos.  Estos enfoques han sido unidos magistralmente por el genio del Dr. Salvador Roquet, un eminente médico mexicano que tiene entre sus logros haber ayudado a eliminar la fiebre amarilla de territorio mexicano.  Las responsabilidades del Dr. Roquet lo llevaron a tener contacto con los indígenas mexicanos  y consecuentemente con su inusual manera de curación, incluyendo el uso de plantas alucinógenas para buscar en el alma y sanar la mente.

Cuando el Dr. Roquet escuchó sobre mi interés de utilizar drogas psicodélicas para prisioneros en rehabilitación, me invitó a la Ciudad de México y así aprender su técnica. En 1974, visité el Instituto de Psicosíntesis  Robert S. Hartman, como llama a su clínica en Ciudad de México. El instituto es una de las  tres ramas de la Asociación Albert Schweitzer; las otras se componen de una campaña médica para los indígenas y una escuela basada en las percepciones psicológicas descubiertas por el Dr. Roquet en su trabajo psiquiátrico. El Dr. Roquet me persuadió de que la mejor manera de observar su técnica era tomando parte en la sesión.

Me reporté en el Instituto a las 10:00 PM , una noche de febrero, junto a otros pacientes. Nos dieron un test psicológico llamado  “Test de valores Hartman”. Después de eso, nos reunieron en un cuarto adyacente para ponernos al tanto. Como no sé español me sentí un poco aislado hasta que uno de los participantes me preguntó en inglés si quería decir algo sobre mí. Él traducía mis palabras para los demás y me sentí  más cómodo, más como un miembro más del grupo.  Eventualmente llegamos a ser veinticinco.
Entre medianoche y la una de la mañana nos llevaron a un cuarto no más grande de 30 por 40 pies. Cerca de 1,000 pies cuadrados habían sido reservados como área de tratamiento para los pacientes.  Durante las siguientes veinte horas más o menos ninguno de los pacientes tenía permitido salir del área de tratamiento excepto para ir al baño  contiguo. Un espacio de aproximadamente entre 10 por 30 pies  asignado para el personal médico y el equipo electrónico estaba divido del área del tratamiento por una mesa desde donde observaban sentados el Dr. Roquet, su personal y algunos invitados. Las paredes habían sido decoradas con pinturas bizarras creadas por los pacientes y retratos de Freud, Gandhi y el presidente chileno Salvador Allende. Un crucifijo colgaba de una pared.

Después de un tiempo de ejercicios estilo yoga, cada uno de nosotros tuvimos que seleccionar un pequeño catre que sería nuestra base para el período de tratamiento.  Los pacientes se acostaron mientras se escuchaba música tranquila. Al poco tiempo, las luces fueron apagadas y una serie de películas fueron exhibidas. Había escenas de violencia, muerte y pornografía explícita, aparentemente diseñadas para impresionar y alterar las sensibilidades del paciente promedio, aunque otras escenas mostraban la belleza de la naturaleza, el amor, cariño y otras que hacían un conjunto representando todas las emociones del ser humano.  En otras partes del cuarto se proyectaban sobre las paredes fotos con temas similares. Mientras el show continuaba la música subía de volumen gradualmente. Los pacientes podían ver las escenas o no según quisieran pero era difícil ignorarlas debido al sonido. El personal impedía que nos quedáramos dormidos.    
Durante este tiempo cada paciente fue llamado a la mesa, pesado y examinado por un médico. El médico me revisó y concluyó que mi corazón era lo suficientemente fuerte para el tratamiento pero no se debía de abusar. La altitud de la Ciudad  de México me había traído de regreso una irregularidad que había tenido bajo control desde que dejé Estados Unidos. Esto, acentuado con varias escenas del video,  ayudó a convertir mis pensamientos en relación a la muerte y problemas asociados.  Los demás pacientes parecían igualmente alterados.

Cerca de las cuatro o cinco de la mañana, el personal comenzó a administrar las drogas o plantas psicodélicas, cada droga y dosis variaba según el paciente. (Me habían quitado mi reloj y mi sentido del tiempo estaba desorientado) Llegó mi turno aproximadamente  a las seis de la mañana según mi juicio. Recibí 250 microgramos de LSD. Después de que todas las dosis fueron administradas, la sobrecarga emocional llegó a su clímax. La música cacofónica y la alternancia de luces con oscuridad absoluta marcada con extraños efectos de luces neón crearon una atmosfera muy extraña.
Para esta hora el cuarto comenzaba a parecerse a un manicomio del siglo dieciocho. Muchos de nosotros llorábamos, otros se tiraban al piso y gritaban con angustia, otros vomitaban, otros miraban al vacío e incluso algunos hacían movimientos hostiles hacia el equipo electrónico. En ocasiones tenía miedo de que algún paciente pudiera atacar al Dr. Roquet mientras él miraba sentado sin inmutarse los efectos que habían sido responsables de esta violencia y alboroto.

De pronto fui poseído por una idea confusa de que las personas con batas blancas eran torturadores de la Inquisición, contratados para volverme loco. Todos se veían tan tranquilos con la confusión que habían creado que caminé hasta la mesa y les denuncié violentamente por su engreimiento, un acto nada característico en mi estado mental normal.  Con rápida alternancia entre las preocupaciones acerca de una muerte próxima,  remordimiento que me asalta cada vez que experimento con psicodélicos, y la angustia de muchas cosas que había tenido la intención de hacer, pero había dejado de hacer, la experiencia puede ser descrita como un descenso al infierno.  Difícilmente podía distinguir lo que era externo de lo interior.
Casi al final de esta parte del tratamiento, la música y los estímulos sensoriales fueron moderados a un volumen más bajo o apagados del todo y las luces fueron encendidas. Remitiéndose a algunos apuntes individuales cuando era necesario, el Dr. Roquet llamó a algunos pacientes a la mesa y les interrogó sobre sus problemas y experiencias mientras el resto escuchábamos. Traductores interpretaban en varios lenguajes para los demás pacientes.  A algunos pacientes se les pedía que leyeran un pasaje corto apropiado a sus problemas, tal vez algo de ellos mismos o quizás algo seleccionado por los médicos, a menudo lo hacían con expresiones de angustia.  Una joven muchacha leyó un pasaje de Madame Bovary de Flaubert, que la llevó a identificarse dolorosamente con el personaje de Emma de la novela.

Durante esta parte del tratamiento algunos pacientes recibieron una inyección de ketamina, una nueva y poderosa droga psicodélica usada por el Dr. Roquet. Los efectos variaban con cada persona pero a menudo producía una reacción violenta. Un joven que recibió una de las inyecciones se encontraba platicando cuando de pronto se tiró al piso mostrando angustia y terror, vomitando y moviéndose de un lado a otro, atormentado.

En este punto, dos miembros del personal llegaron con bolsas para vomitar y servilletas mostrando infinita gentileza y compasión.  Esta escena me impactó con mucha fuerza, pues tenía la convicción de que los del personal eran nuestros atormentadores. Me di cuenta de que todo el calvario había sido fabricado para el beneficio de los pacientes y que lo que había parecido como el infierno realmente había sido un paraíso. Esta percepción llamó mi atención hacia los aspectos buenos del tratamiento y me ayudó a volver poco a poco a la normalidad.

Después de una hora más o menos, esta parte del tratamiento llegó a su final, música tranquila fue encendida, las luces se apagaron de nuevo y nos invitaron a descansar por varias horas. Al final, las ventanas estaban abiertas completamente, dejando entrar la luz del sol. No se nos permitió dejar el cuarto pero se nos invitó a expresarnos, bailando si así lo deseábamos. Para este momento sentía  mucha ternura hacia mis compañeros y me encontraba agradecido con el personal. Ya que no podía comunicarme en su lenguaje, expresé mis sentimientos con un baile improvisado.

Después del período de descanso, algunos pacientes fueron atendidos. El personal repartió a cada paciente fotografías de su archivo –usualmente fotos familiares, fotos del propio paciente a varias edades o fotos con amigos o parejas. Estas provocaban en ocasiones  escenas muy emocionales.  Pero al final de la tarde, algunas veinte horas después de que había llegado al Instituto, todos habíamos regresado  a nuestro estado normal de conciencia. Para este tiempo, algunos familiares comenzaron a llegar por los pacientes y sentí gran consuelo al ver a mi esposa. Cerca de las nueve, tuvimos la ceremonia final; una rosa fue entregada a cada paciente. En mis tres semanas en Ciudad de México cada paciente que vi, ya sea como observador o como participante, había regresado a su estado normal de conciencia al final del tratamiento.

Algunos días después algunos pacientes de mi grupo se volvieron a reunir para terapia grupal de cinco horas o terapia individual en sesiones privadas de menor duración. Cada paciente escribía sobre la importancia de la sesión, el impacto que tuvo en su vida. Estás sesiones continuaron hasta que el personal del doctor decidía que el paciente tenía mejoras. La mejoría era medida por el test Hartman y también por las impresiones clínicas de los médicos.

Como yo no era estrictamente un paciente y como mi estadía en México era corta, no participé en las demás sesiones, pero si participé en una segunda sesión a las dos semanas después de mi primer sesión.
Esperaba tomar ketamina en mi segunda sesión pero la irregularidad en mi corazón persistió y los médicos juzgaron que era mejor no hacerlo. Esta decisión de nuevo me trajo pensamientos sobre el tema de la muerte. En mi segunda sesión había solo diez pacientes, un número más manejable pero suficiente para que la interacción entre paciente fuera valiosa. El procedimiento fue similar al primero excepto que en esta ocasión tomé hongos psilocibe, enviados por Maria Sabina, una curandera de Huautla.

En esta ocasión experimenté de nuevo una muerte psicodélica, pero en lugar de un descenso al infierno, la experiencia tuvo un carácter casi festivo aunque de fondo un poco de solemnidad debido al Requiem de Brahms. No solo tuve deliciosos y poderosos pensamientos sobre mi propia vida pero pude ver aspectos cómicos sobre mi muerte, lo que me causó refrescantes risas. También me di cuenta como la cacofonía y los estímulos sensoriales fueron diseñado para “sacarte de tus casillas”, y que tenían un paralelo en la sociedad, en donde la perfectamente posibilidad de muerte es transformado en un evento temeroso en la mente de cualquier persona.

Esta sesión fue la más enriquecedora de mis 10 o 15 experiencias con psicodélicos. Fue la primera experiencia en la que la culpa no tomó parte. No le doy crédito a la euforia de los hongos, creo que fue más importante mi previo descenso al infierno.

La efectividad de la  técnica del Dr. Roquet es evidente en mi estado mental después de las experiencias. Cerca de dos años después, mi vida ha tenido cambios positivos, más que nunca. Mi apreciación hacia la música, por ejemplo, creció a un grado casi de adicción y otros aspectos de mi vida se han visto similarmente enriquecidos.

¿Cuáles son las implicaciones de la técnica del Dr. Roquet en el campo de la salud mental? Basado en mis tres semanas de intensivo envolvimiento con este programa, siento que lo que un psicoanalista promedio puede lograr en cinco o seis años, el Dr Roquet lo puede hacer en sólo algunos meses y al menor costo. Dr. Roquet ha llevado a la psiquiatría al siglo XX. Sin duda algún día sus métodos serán mejorados pero no hay duda que serán vistos como un inicio en el progreso de la psiquiatría.

En mi investigación sobre psicodélicos me di cuenta que regularmente los malos viajes son los mejores viajes, especialmente cuando son manejados apropiadamente.  El Dr. Roquet deliberadamente te crea un mal viaje para llevar al paciente a sus peores miedos, aunque este signifique, y usualmente así es, una visita a la locura. Por esta razón, el Dr. Roquet se refiere a esta técnica como “psicodisléptica”, lo que significa “perturbar temporalmente las funciones mentales”. El propósito principal de esta técnica es agobiar las defensas que regularmente hacen vulnerables para los médicos a los pacientes con neurosis o psicosis. Muchos psiquiatras convencionales pueden argumentar que estos métodos violentos pueden dañar la psique. Los exitosos resultados de cerca 3,000 pacientes tratados en el Instituto obviamente es la mejor respuesta para tales objeciones.

¿Qué tan importantes son las drogas en este tratamiento? El Dr Roquet dice que sólo constituyen un 10% del tratamiento completo. Estoy de acuerdo pero también creo que es un 10% muy importante. Las drogas parecen multiplicar la concentración de la experiencia y permiten penetrar en niveles del subconsciente que permanecen cubiertos en la psicoterapia ordinaria.

Entre otras cosas, lo más importante en esta técnica son las relaciones interpersonales. La actitud pacífica del personal en todo momento asegura al paciente que el Dr.Roquet y su personal está completamente en control de la situación, en todo momento. Más importante, es la actitud de compasión en la última fase de la terapia, que actúa como una influencia vital sanadora. También es importante la interacción entre pacientes –incluyendo la ayuda de poder tocar y darte cuenta que tu propia angustia es compartida con otros pacientes en el salón.


El Dr. Roquet ha desarrollado una compleja teoría que sustenta su terapia pero es muy compleja para presentarla aquí. Sin duda el Dr. Roquet eventualmente hablará por sí mismo en alguna traducción al inglés.  Yo creo que con el tiempo la contribución del Dr. Roquet a la psicoterapia será reconocida e igualada a aquella de Sigmund Freud.

No hay comentarios:

Publicar un comentario